miércoles, 17 de febrero de 2016

#167 De quién la culpa, Señoría

#167 De quién la culpa, Señoría | Maestro Liendre Cabaret | Blog de Luis Bermejo

Hoy os traigo el poema "De quién la culpa, Señoría" relatado al "alimón", es decir por los dos, Paula J y yo, que seguramente os gustará, y si no, a nosotros que lo hemos recitado juntos, nos ha gustado como quedó.

Voy a ser bueno, y os voy a dejar el texto para que podáis disfrutar leyéndolo, mientras escucháis el audio.


Señoría, la inocente soy yo.
Buscaba un maestro, un guía,
volver al camino
en el que me perdí.

Asaltó mi intimidad,
se coló tan sutilmente,
que la confianza
y las confidencias
fueron mis armas
mas voraces contra él.

Mas cuando no quedó ni la piel,
cuando la vulnerabilidad
existió en su esencia máxima,
me rasgó la carne por entero.

Violó mis letras,
abusó de mis sueños,
se introdujo hasta
el fondo de mi ser,
sin aviso previo.

No fui consciente hasta
que ya fue demasiado tarde,
hasta que ya no había
remedio alguno.

Señoría, yo soy el herido,
no el verdugo descrito.

Fui en su auxilio de frente,
mas no conozco otra manera.
¿Se puede acusar
al alguien sólo
por proporcionar
su apoyo sin reservas?

Mas cuando mas me entregaba,
cuanto mas dócil y obediente
a sus pretensiones estaba,
mas se beneficiaba de mi
sin pudor alguno.

Fui su títere licencioso.
No podía controlarme,
ni era dueño de mis impulsos
si ella estaba cerca de mi.

¡Ella tuvo la culpa!
Su hechizo me dominó.

A él le acusa su reputación profana,
sus costumbres lujuriosas,
sus artes licenciosas,
sus hábitos corrompidos le acusa.

A ella no le defiende su edad lozana,
ni su rostro infantil simulado,
ni su alma de princesa fingida,
ni su inocencia que nunca fue pura.

No tuve elección, ni escapatoria.
Me estrecho contra su cuerpo,
me apresó con sus abrazos
sin tener salida alguna.
¿Quién sería capaz
de inculpar al lacerado?

Que no os cieguen
las lágrimas imitadas,
ni las ruegos quejumbrosos,
ni las súplicas sollozantes.
No hubo perversión humillante,
ni pertrecho daño alguno,
sólo entrega inquebrantable.

¡Fui su amante impuesta!

¡Fue mi amante dispuesta!
¡Yo si fui su siervo fiel!

¡Fue mi amo cruel!

El asunto es claro.
La culpa también.
Si sobrevino la sed,
si el hambre existió,
no hubo pecado alguno.

Si la carne
se hizo fuego,
si el apetito llego
y se hizo carne,
no hay tropiezo subscrito.

Mas el delito prevaleció
y por tanto la sentencia
sólo puede ser una:
“¡Culpables los dos!”

De quién la culpa, Señoría


Música: Deep Forest - "Marta's Song"

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