viernes, 26 de septiembre de 2008

RELATO: EL MOTORISTA


Una tarde más de lluvia, y yo para no variar, no llevaba paraguas, para colmo llevaba mi vestido blanco y taconazos, esa tarde había tenido una cita con un chico que conocí por Internet, la verdad, es que la cosa salió fatal, el tío sin conversación y con la visión clavada más en mi escote que en mis ojos.

Harta de intentar hablar con él de otra cosa que no fueran foros y Messenger, salí del bar, con la excusa de que tenía que ir a cuidar a mi hermana pequeña. Primero corriendo pues no llevaba paraguas, pero una vez lejos del pesadito, comencé a caminar con paso lento.

La lluvia me encanta, sentir como las gotas resbalan y empapan la ropa y mi cuerpo. A punto de llegar a mi casa y tras varios intentos del destino por llevarme al suelo tras sendos resbalones, me quité los zapatos. No pude evitar fijarme en mi imagen reflejada en un escaparate.

Empapada de pies a cabeza, con el pelo convertido en pequeñas cascadas, que dejaban caer pequeños riachuelos entre mis ojos, el vestido, totalmente pegado a mi cuerpo, enmarcando mi silueta, y dejando entrever mi ropa interior de encaje. Los pies sucios por caminar descalza en plena Gran Vía de Barcelona, los zapatos en una mano y el bolso en la otra.

No pude más que reír y seguir andando. La gente que pasaba cerca de mi, se me quedaba mirando perpleja, a lo que yo les miraba y sonreía, ellos rápidamente giraban la cabeza y se ponían a andar más rápido. Hipócritas, pensaba yo.

A lo lejos oigo una moto acercase, me da por pensar que no soy la única idiota que acabaría empapada, me quedo quieta, y espero a verla pasar. Ante mi, aparece una espectacular Harley Davidson fatboy de color negro.

Para en el semáforo, yo, sin nada que perder me acerco a el, le comento que me gusta su moto, él se me queda mirando entre sorprendido y divertido, no me dice nada, así que me giro con la intención de irme, a lo que él me agarra del hombro y me dice:

-Me he perdido, no soy de aquí, sabes donde cae Pueblo Nuevo?

Sin más, le pido un casco, él me lo da y me monto. La sensación de estar en ‘la moto’ subida, es impresionante, sintiendo entre mis piernas la fuerte vibración del motor, el olor de las alforjas de cuero húmedas, la presión del acelerón cada vez que salíamos de un semáforo, el viento en la cara…

Poco a poco le voy indicando cómo llegar a su destino, él no dice nada, sólo me escucha y conduce. A lo lejos se ve el paseo marítimo, le comento que el olor a tierra mojada me excita, que suelo pasear por la playa las noches de lluvia. El acelera más, haciendo caso omiso de mis indicaciones y cuando me doy cuenta, estamos en la playa.

No me muevo, espero que mueva ficha él. Se baja de la moto se quita el casco y me quita el mío.

Me besa, bebemos los dos de nuestras bocas, el agua que va cayendo sobre nosotros, con fuerza me aupa y me coloca sentada mirando para él, que en ese momento está de pie. No deja de acariciarme por encima de mi ropa, como si fuera mi segunda piel, se pone de cuclillas y me separa las piernas con mucha delicadeza, me sube el vestido y aparta mi tanga, para abordar mi sexo con su lengua.

Yo me dejo hacer, transportada por el olor, el ambiente y por ese chico que hacía no más de 20 minutos que conozco.

Sabe hacer su trabajo, a punto de llegar al orgasmo, acelera el ritmo, relame y muerde el punto exacto, hasta conseguir que me corra en su boca.

Él, se lo traga todo.

Sin bajarme de la moto, le agarro de la camiseta y lo acerco hacia mi, le susurro al oído mil veces gracias, mientras le desabrocho el cinturón y le quito uno a uno los botones de los vaqueros azules que lleva.

Me vuelvo a sentar bien, en el sitio del conductor, apoyando mis manos en el manillar y mi vientre en el deposito, consiguiendo que mi culo sobresalga un poco, él entiende mis intenciones, se sienta detrás mío y con unas cuantas maniobras, consigue penetrarme hasta el alma. No me muevo, dejo que él lleve el ritmo, en cada una de sus embestidas consigue que resbale así que hago fuerza para no escapar involuntariamente de él.

La penetración es profunda, y a los pocos minutos nos corremos juntos. No hay más palabras, nos vestimos y emprendemos la marcha, con toquecitos a los brazos le voy indicando el camino a mi casa.

Él se marcha, sin preguntarme cómo llegar a su destino, sin decirme su nombre, sola ante mi puerta, con la única prueba de nuestro pecado, marcada con pequeños morados en mi pierna derecha causados por una estribera.

"

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